Nos gusta pensar que somos únicos, racionales e impredecibles. Pero como revela esta publicación de Roger Dooley, la verdad es mucho más inquietante: a menudo funcionamos en piloto automático, respondiendo a señales sutiles y estímulos psicológicos de los que ni siquiera somos conscientes.
Lo que más me perturba no es que las empresas utilicen este conocimiento, sino lo bien que funciona. No solo nos influyen; nos influyen de manera predecible. Surgen patrones. Los comportamientos se repiten. Y lo que consideramos libre albedrío empieza a parecerse alarmantemente a un guion bien escrito.
Es un recordatorio de que la conciencia – de nosotros mismos, de los sistemas que nos rodean – es la única defensa que tenemos. Y aun así, estamos luchando contra instintos profundamente arraigados.
Muy recomendable la lectura.

